sábado, 27 de agosto de 2011

Retrato de un Superhéroe


"Hace mucho, mucho tiempo existió un superhéroe que vestía un hermoso traje de raso. Éste era azul y rojo, como el de Superman, pero con la diferencia de que nuestro héroe tenía los ojos negros, negros como la noche más oscura. Su fama le precedía, allá a donde iba y, sin necesidad de esconder su identidad (porque no tenía más que la de Superhéroe) podía pasear entre los civiles, dejándose agasajar a veces con magdalenas recién horneadas o algún trozo de pastel de manzana.
A veces, cuando paseaba por el parque, intentaba (pero sólo eso) pasar desapercibido entre los habitantes de la ciudad, para poder tumbarse bajo el sol, en la yerba, sin preocupaciones. Pero su traje, su hermoso traje de raso cubierto de estrellas brillaba, brillaba mucho y rara vez podía gozar de un poco de intimidad. Lo cierto es que todos pensaban que en el fondo, le gustaba sentirse admirado, sentirse especial, por lo que probablemente sus conciudadanos creían estar haciéndole un favor dejando que fuera el centro de atención, como un programa televisivo del que él fuera su único protagonista.
Sin embargo a veces, a veces le gustaba estar solo. Muchos pensaban que era por humildad, por deferencia, por humanidad pero no olvidemos que, como superhéroe, no era del todo humano. ¿Acaso el origen de algunos superhéroes no era la unión de una mortal con un dios (o a la inversa)? ¿Y qué había más soberbio que los dioses del Olimpo?
Lo cierto es que nuestro Superhéroe, a veces se despistaba. A veces, no acudía, a veces simplemente nadie podía encontrarlo. Pero otras veces ahí estaba, el primero, para ayudar a una ancianita a cruzar la carretera o bajar su gato del árbol. Y cuando los villanos atacaban, entonces era imparable y hacía todo lo necesario para que los malos siguieran siéndolo (pero en otro lado). Y luego estaban los malos que eran malos sólo para justificar acciones de la sociedad, así, en general, sin filtros, sin necesidad, sin nada más que pertenecer a la barriada más oeste de la ciudad: la gran ciudad en donde todos parecían convivir y en la que se empeñaban en aparentar (aunque por supuesto, nadie podía engañar a nuestro Superhéroe).
Un día, cuando paseaba por una zona algo pobre de la ciudad, le llamó la atención una niña negra que, sentada en el bordillo de la acera, lloraba de hambre. Era la misma niña y el mismo bordillo de cada noche, pero por alguna razón aquella vez era diferente y algo le conmovió (¿sería que se acercaba la Navidad y eso enternece a todo el mundo?). Aquella niña tenía hambre, el vientre hinchado y los huesos marcándosele en el cuerpo bajo su gran camiseta de Coca-Cola, que ya estaba raída y sucia, pero que constituía todo su equipamiento contra las noches más frías. Aquella niña había "crecido" siendo pobre y, lo más probable es que cuando muriera, aún lo fuera. Y, mientras luchaba por subsistir, miraba (mas ya no veía) a todas esas personas que pasaban por delante suya con portátiles, trajes de chaqueta y gafas de sol cada mañana... y que no la miraban... y que no la veían... Y ella tenía hambre, pero la comida nunca llegaba, las muestras de caridad eran siempre insuficientes. Y ella, tenía hambre. Sólo quería un mendrugo de pan que llevarse a la boca... porque ella, la niña siempre hambrienta, tenía hambre.
¿Por dónde iba? Ah, sí... lo habíamos dejado en el momento en que Etnedicco, nuestro Superhéroe, se acercaba a ella con ternura, gesto no del todo exento de una condescendencia disfrazada, sabiendo a ciencia cierta que todos los ojos se posaban en él y su brillante capa azul. Cogiéndola de la mano, la llevó a una gran tienda donde la pequeña niñita, con su camiseta de Coca-Cola raída, creía poder encontrar toda la comida del mundo: leche, pan, arroz, manzanas, aceite. Azúcar, garbanzos, tomates, patatas. Y, llevándola de vuelta, la dejó con orgullo en su bordillo, en el mismo bordillo de siempre, en aquel bordillo en el que las cosas nunca parecían ir a mejor. La gente que pasaba no veía la comida que rodeaba a la pequeña criatura, porque seguían sin mirar, nadie la miraba y, los que lo hacían, no encontraban sino dolor en sus profundos ojos azules que ahora rebuscaban con un ansia curiosa en las bolsas plásticas recicladas. Los azules y profundos, vidriosos, humildes y tristes ojos de Ailamos, que siempre tenía hambre, un hambre acumulada a lo largo de los últimos siglos... aunque a pesar de todo, aquella pequeña aún era una niña. Y, probablemente, lo seguiría siendo hasta que tuviera que dejar su bordillo."

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Etnedicco y Ailamos... es cierto, el cuento tiene más sustancia de lo que parece al principio. ;-)
De hecho, cuando caí en lo de los nombres me lo volví a leer otra vez y desde luego se le saca bastante jugo, Cris.
Enhorabuena, me ha encantado. ;-)

Un besote

Luis

Sergio dijo...

Es muy duro. Y con mucho mensaje. Desde luego. Me ha gustado!