viernes, 28 de octubre de 2011

Todo eso que no se dice

¿A dónde irán todas esas palabras que, innecesarias, cohibidas, inoportunas, nunca se dicen?
¿Habrá un lugar para todas ellas en el que, una vez olvidadas o calladas, borradas, no oídas, puedan descansar, reciclarse y convertirse en pensamientos nuevos?

Son muchas las palabras, los pensamientos que callamos porque no encontramos la oportunidad o el momento, porque pensamos que serán malinterpretados, malentendidos, no entendidos en absoluto o, simplemente, no apreciadas. Lo mismo que ocurre con los abrazos, todos esos que han muerto en mis brazos por ser demasiado cobardes para envolver a esa otra persona. ¿Dónde irán? ¿Habrán quedado las huellas de esos abrazos no dados, en mi propia piel?
A menudo me pregunto, justo después de divagar sobre el significado oculto de lo que digo y lo que callo, de segundas interpretaciones, de ideas que no han llegado a formarse del todo, si todo, algunas cosas o algo pudiera haber sido diferente si hubiera dicho todo eso que nunca dije o si hubiera callado todo lo que dije y que quizás no debería haber dicho. Porque a veces el silencio puede ser tan culpable como una demostración de afecto.

Kilómetros recorridos, noches en vela, vueltas, vueltas, más vueltas a la misma idea.
"Te echo de menos ahora", "te he echado tanto de menos todo este tiempo" o "te echaré de menos, por siempre, para siempre". "¿Qué ha sido de tu vida?" o "Mucha suerte con tus próximos años". "Ojalá todo fuera como antes" u "ojalá nunca nada cambie". Ojalá pudiera prometer en este post que diré todo eso que sienta en cada momento, que abrazaré sin temores, que no mediré las consecuencias de mis actos y palabras. Pero no puedo, porque este, éste es el mundo adulto: un lugar en el que hay que pretender que hay cosas más importantes que nuestro mundo interior, que los sentimientos, que los abrazos que tanto curan. Un plano existencial en el que la existencia misma pierde valor, dejando paso a todas esas cosas materiales que hacen nuestra vida más fácil pero que, en muchos casos, marchitan, poco a poco y sin que nos demos cuenta, casi a hurtadillas, esa estabilidad emocional tan ansiada. 

Por desgracia, yo seguiré callando mis abrazos y, en muchos casos, cerrando bien la boca para que todos esos pensamientos no se puedan escapar. Para que mi vida sea más fácil. O, al menos, para que viva con la sensación de que todo es mejor así.