lunes, 3 de febrero de 2014

La ciudad más bonita del mundo

Sólo hay algo peor que la indiferencia.
Y es la incertidumbre. La incertidumbre prolongada. La incertidumbre que salta sobre tu estómago y apenas te deja coger aire, cuando necesitas suspirar para aliviar la angustia que te va llenando de negro por dentro.
Para la incertidumbre, a veces, sólo queda la espera.
Para curar la incertidumbre, a veces, sólo queda la acción.

Hacer algo.
Hacer cualquier cosa.
Hacer el cambio.
Dejar la zona de confort.
Lanzarse al vacío.
Sin paracaídas.

Y echaré tantas cosas de menos.
Muchas más, cuando sabes que no volverás a saborearlas, tocarlas, mirarlas durante un largo periodo de tiempo. Más, cuando se está lejos y el tiempo parece chicle que se empeña en unir un momento a otro, sin dejar una pausa, un momento, un instante para pensar en todo aquello que se queda atrás.

Echaré de menos tus tardes de verano y tus noches. Y tus mañanas, también.
Echaré de menos los ratitos de playa en tus costas.
Echaré de menos conducir, sin prisa, con el volante a la izquierda por el carril de la derecha.
Echaré de menos tus tortillas de patatas, tus croquetas, tus aliños y tus meriendas "sorpresa" en Sanlúcar.
Echaré de menos a Zoe y Nube. Y sus constantes piares quejosos. Alegres. Remarcando su presencia.
Echaré de menos los farolillos, los gofres, el alvero y los lunares.
Echaré de menos el puente de Triana que siempre veo mientras paso en el autobús.
Echaré de menos volver a casa al final del día. Mis cosas a mano. El olor del detergente.
Echaré de menos Mercadona, los Cacahuetes, la Choza y su tarta de queso.
Echaré de menos cumplir todos los planes que me esperaban para llenar de luz mis días en tus calles.
Echaré de menos los abrazos cálidos, las fotos de dos y las charlitas en el coche.
Pero, sobre todo, echaré de menos estar en casa, sentirme en casa, en mi hogar en la ciudad más bonita del mundo.