sábado, 16 de julio de 2016

Y, al final, lo entendí.-

Después del alboroto, de los pedazos, de los puntos que al tocar dolían (aunque a veces, fueran sólo rozados con palabras), lo entendí. Entendí que quien te quiere, te busca, siempre, sin excusas ni promesas que se lleva el viento o se olvidan con el tiempo, y te busca mientras te vas y no cuando ya te ha perdido. Después de este tiempo, entendí que el amor iba de hacer y no de contar, porque cualquiera puede hablar, pero llevarlo a cabo, mover algo por dentro, eso es lo complicado. Después de todo entendí que tenía que haber algo más, ese algo que te revuelve la vida y hace que todo merezca la pena, me niego a creer que esto es todo de lo que todos hablan. Después de todo, entendí que quiero a alguien que firme conmigo cada hoja del libro y no que aparezca en capítulos intermitentes, y cuyas hojas me cortan las yemas de los dedos al pasarlas. Después de tanta lucha, lo entendí. Y me di cuenta que el amor era intentar hacer feliz y evitar daño y no al revés y que la lucha ha de ser contra aquello que hacemos mal y no contra aquellos que nos hacen bien. Porque sino ¿qué sentido tiene?

Cuando esa bombilla por fin decidió encenderse y cuando, por fin, lo entendí todo, comencé a alegrarme por la luz y a acercarme a ella, en lugar de seguir arrinconándome en la inercia de la oscuridad. Ya no quiero más dolor, ya no quiero más dolores de cabeza por pasearme descalza entre recuerdos día y noche. Ya no quiero más de todo esto. Ahora que casi cumplo años, prefiero entrar en los 33 con un corazón roto en mil pedazos pero limpio del veneno del rencor. Prefiero ser una chica llena de cicatrices que sobrevivió a ellas, que una chica con las heridas constantemente sangrando.